Los Monos

Conocí a Los Monos la noche del 14 de diciembre de 1992, a sólo diez días de mi cumpleaños. Estaban desesperados, corrían por toda la avenida Bolívar y gesticulaban sonrisas espeluznantes. Sus encías sanguinolentas asentuaban su excitación. Cuando pasaron a mi lado se detuvieron y pude conversar con ellos. Nunca en la vida me llené de tanto espanto y horror, la piel peluda que cubría todos sus cuerpos provocó mi primer vómito. Podían hablar, pero lo más importante fue que yo pude hablar con ellos. Nos comunicamos. Nos hablamos. Nos miramos.
Nosotros somos Los Monos, tienes que saber eso, luego deja de vomitar. Te conocemos, por eso te buscamos aquí. Venimos persiguiéndote desde la avenida Brasil, no pudiste percatarlo porque nos descolgábamos de los postes y cables que contaminan el cielo de tu ciudad. Acabamos de asesinar a una mujer y pudimos morderle el cuerpo con placer y ansiedad. A ti no te vamos a hacer lo mismo, sólo queremos comunicarnos contigo. Lo más importante, Roberto, es que nosotros somos los Monos y puedes entendernos.
Dejé de vomitar mientras uno de ellos me tomaba de la cabeza y apretaba mi estómago. El sudor frío que corría por mi frente no parecía importarle, sentí la aspereza de su mano, el contacto repulsivo y animal que tuve con los Monos me provocó otro espasmo. Habían matado a una mujer, seguramente le habían destrozado el cuerpo y me estaban informando de su crimen. Las afelpadas manos que me sujetaban me soltaron de pronto y caí de rodillas. El vómito manchó mis pantalones. ¿Huyo rápidamente en búsqueda de ayuda? ¿Cómo puedo conciliar la realidad? ¿Estaré alucinando? Los mareos no dejaron de acosarme durante diez minutos más. Los Monos me miraban en silencio, parecía que esperaban una respuesta, una aceptación. Al reponerme apreté los puños, inmediatamente después solté mis manos y me rendí. Es cierto, eran Los Monos y estaban frente a mí.
Yo también conozco a la mujer que han asesinado. Su nombre es Magdalena Seijo, tenía 25 años y estaba loca. Su mente había colapsado después de la muerte de su hermana mayor. A los 17 años tomó un litro de gaseosa con insecticida. Lo único que provocó fue una intoxicación grave que la dejó sin hígado. Felizmente pudieron conseguirle un donante, no obstante siempre padeció de problemas hepáticos. Yo la conocí cinco años después en un bar del centro de Lima. Me enamoré de ella en menos de un año. Sé que a ustedes les interesa saber cómo nos conocimos, sé también que serán los únicos que lo sabrán.
Uno de ellos encendió un cigarrillo. No me sorprendí, incluso pedí uno y lo prendí con mi encendedor. Fumaban Chesterfield y recordé a Ribeiro. Después de dos bocanadas, uno de ellos me invitó a comenzar mi relato con un ademán plenamente salvaje. Yo soy un animal igual que ellos, pensé, y con un movimiento enérgico, sacudí mi brazo exigiendo calma y sosiego. Los Monos comprendieron, tomaron asiento en la vereda y yo me mantuve de pie unos minutos más. Conté cuántos eran, pero perdí la cuenta. No importaba si en total fueron diez o doce. Quizás sólo fueron dos, talvez uno. Los Monos me miraban y mi monólogo se mantenía igual: neutro, pausado, frío. Me quemé los labios y los dedos con la colilla del cigarrillo que ya había consumido en su totalidad. Uno de ellos me ofreció otro y me negué. El mismo me alcanzó un documento, una hoja de papel arrugada. La tomé con desdén y se me escarapeló el cuerpo al sentir su mano estriada, como si estuviese llena de cicatrices. Segundos después desplegué el papel por sus cuatro ángulos y percibí un texto conocido.
San Petersburgo

Doblo en la esquina y llego a Carabaya. Lo que pasa, compadre, es que ya pasaron sus años. Sí, compadre, pero donde hubo fuego cenizas quedan. Compadre, no me hable con frases tan clichés. Hablar de los clichés, compadre, es muy cliché. Hace cuánto tiempo que no la ve, compadre. Hace seis años que no la veo a ella, pero, compadre, en general no la veo hace dos meses. ¿Dos meses sin un polvo, compadre? Sí, compadre, pero la última vez fue una chibolita. Ten cuidado con eso, compadre, dicen que es cana. Compadre, yo soy la cana, yo mando aquí. No lo dudo, compadre, ¿qué tal estuvo? Ya no seas tan chismoso, ¿y tú, compadre, hace cuánto? La semana pasada, compadre, con la Rosita. Veste, ¿la Rosita sigue siendo tu trampa, compadre? Como toda la vida, compadre, ¿compramos dos más? Claro, compadre, pero que estén bien heladas. La plaza San Martín está llena de fletes, ¿no compadre? Dicen que son milicos, que los mandan acá para recursearse, compadre. ¿Y tú cómo sabes tanto, compadre? ¿Conoces la llama de San Martín? A mí no me enseñaron que Dios existe, compadre. A San Martín tampoco, compadre. Compadre, se le está enfriando el té. Ya, compadre, tampoco no te me pongas liso. Pura manuela entonces, compadre. Como desde chicos, compadre. El Jirón de la Unión se parece a la Nevski, ¿no compadre? Yo nunca he estado en Rusia, compadre, sólo en Ecuador para matar un par de monos. Al final los monos nos van a matar a nosotros, compadre. ¿Como el la película? Como en la película, compadre. Nunca fue buena, pintaron a los monos como Michael Jackson, ¿la viste compadre? Ni las monas estaban para darles, compadre. También, compadre, que con dos meses le quieres dar a todo que se mueva en dos patas. Quieres que me ría, compadre, a ti ya se te hizo emoliente la chela. Compadre, dos más antes de la plaza de armas. Dos más, compadre. ¿Y esas, compadre? Son las mismas putas que vimos en la Colmena, compadre. Dos más y les sacamos el nombre, compadre. Se llaman Anaís y Yénica, compadre. ¿Y cómo sabes, compadre? Porque yo siempre voy dos más que tú, compadre. Ya pues, compadre, entonces por qué se queja de los dos meses. Y la Rosita, compadre, ¿nunca ha salido a la calle? No me pinte a la Rosita así, compadre. ¿Has visto Terciopelo Azul, compadre? No compadre, pero está en cartelera en el Tauro, ¿no? Es un cine bien grande, compadre, va a durar años. Como tú y yo, compadre.
Perspectiva de Berlín

Cruzamos la calle. ¿Cómo te llamas? No lo sé. Ven, acompáñame a tomar un trago. No puedo, me esperan en la terminal. No tiene encanto tu respuesta. ¿Por qué lo dices? Porque vienes caminando cinco cuadras conmigo sin mirar atrás. Yo nunca miro atrás, dicen que es de mala suerte. ¿Crees en Dios? ¿Qué tiene que ver Dios en todo esto? Dios no quiere que te tomes unos tragos conmigo. Dios sí quiere, pero yo no puedo, ¿tú cómo te llamas? Dios. Ya basta de molestarme y dime. A mí no me gusta molestar a nadie, ¿haces deporte? De vez en cuando salgo a correr en las mañanas. Yo ya no hago deporte y no quiero volver a hacerlo. Ya me perdí, ¿en dónde estamos? Nos quedan dos cuadras más y llegamos a Berlín. Parece lejos. ¿Acaso importa? Parece que estás cansado. No, todo lo contrario, pero es cierto que parece lejos, aunque ya perdió relevancia. ¿Tienes hijos? Sí, dos. ¿Y tu mujer también habla con extraños? Tú también eres mujer. No todas hablamos con extraños. Tú sí. Te llamaré Diego y si no te gusta, no me importa. Hagamos el amor. Yo no hago el amor con extraños. Yo no soy un extraño, soy Diego. No entiendo, ¿cómo llegamos acá? ¿Qué prefieres, pisco o ron? Ron, pero sin limón. Dos rones sin limón. ¿Cómo se llama este lugar? Paranoia. Otra vez estás hablando sin sentido. Qué sentido tiene si no es el que le damos. Me encanta morder tus labios. A mí me encanta que nunca guardes silencio. Cómo estás seguro si nunca has estado siempre conmigo. Sí lo he estado, sólo que no te has dado cuenta. No estoy loca. Yo tampoco. Aprétame más. No te vayas. Te llamaré, lo prometo. Es fácil prometer. Entonces llévame. Ya vamos a llegar. No, no es cierto y no importa. Ya lo sé, crucemos la calle.
Lunes

Mi mochila era enorme. Me la había prestado Antonio minutos después de la despedida. Él es un buen tipo, también su hermano. Ambos pasan el día sumergidos en libros, como si no fuese suficiente tenerlos al frente, escudriñan las letras distorsionando las delgadas líneas negras que dibujan todo el contenido. El verano pasado viajaron juntos por sudamérica . Uno tiene que comenzar por un país chico, pe huevón, uno comienza por Bolivia me dijo Rolando cuando discutíamos qué libros debía cargar en la mochila. Antonio iba y venía de no sé dónde, a veces esa es su rutina cuando los visito. Estoy siempre (casi) en el cuarto de Rolando. Casi siempre conversamos, a veces conversamos de nada, a veces sólo pasamos el tiempo divagando en preguntas estúpidas y sin respuesta. A veces no. Antonio va y viene, sé que sube a su cuarto y baja al rato. ¿Se habrá aburrido? ¿Se le habrá ocurrido qué decir, qué agregar a la nada que construíamos en el cuarto de Rolando? Ahora ya no me pregunto nada de eso, ahora estoy en el cuarto de Antonio con Rolando. Los tres conversamos de la nueva germita de Rolando, él estaba nervioso, lleno de nosés. Antonio y yo ya habíamos imaginado todo su futuro. Nos cagamos de risa un buen rato, luego me dieron la mochila, los libros y los abrazos. Pásala bien, huevón.
Casi Martes
Ya van a ser las doce, osea ya va a ser martes. En el bus nos han dado comida, si hubiera estado aburrido habría contado todos los granos de arroz que compusieron el menú. Sin duda no superan los dos mil, yo creo que todos se quedaron con hambre menos el gordo del otro lado de la ventana. Él pidió amablemente una porción más haciendo un gesto desagradable con su barriga. No lo juzgo, ya no tengo más hambre. Ahora todos duermen, parece que la película de guerra -una película yanki en la que en todas las escenas el héroe norteamericano mata treinta mil chinos, su drama es un conflicto con su familia y el desenlace es la libertad mundial que logró él y su dedo en el gatillo- a adormecido a todos los pasajeros. Es su canción de cuna para que luego se entreguen insoslayablemente al sueño, así si ocurre un accidente los agarrará dormidos. Por eso yo no duermo, me quedo pegado a la ventana viendo cómo la infinita línea amarilla de la carretera no se deja atrapar por el bus que a más de cien kilómetros por hora quiere finiquitarla. Luego reviso mi canguro, reviso mi pasaporte, mis documentos, mi dinero. También leo, tengo a la mano las Flores del Mal de Baudelaire, abordo despreocupadamente algunos poemas. Llevo música, le pedí a Alfonso que haga una selección de las canciones de Calamaro. Huevón, yo qué voy a saber, qué canciones te gustarán me dijo con el tono que siempre tiene, como si el pedido implicaría un sacrificio. Me divierto mucho con él, hoy vino a visitarme y a despedirse de mí. Fumamos en mi ventana, parecía la escena de Y tu mamá también con la excepción de que no somos personajes tan patéticos. Llegó Carca y estuvimos conversando. Me entregó una carta, léela cuando llegues a Bolivia. A veces pienso que ellos se lo tomaron muy en serio, no obstante disfruto que se lo tomen en serio. Terminamos de revisar qué libros tenía que llevar, yo me inquietaba porque mi mochila se veía muy grande y aún no la había cargado. Alfonso se reía demasiado, Carca se había ido a su cita con su psicóloga, mis viejos llegaron y me habían comprado medias para el frío. En efecto, todos se lo toman muy en serio. Ya es martes, espero llegar a Arequipa por la mañana, todos duermen y la luz de lectura de mi asiento puede incomodar a la señora de al lado.
Arequipa
No hace tanto frío. Las precauciones que tomé, el eco de mi madre aturdiéndome y abarcándome como una tórrida ola de calor, fueron un tanto innecesarias. Me abrigué y en Arequipa no hace frío. Después de desvestirme (vuelvo a aturdirme con el mismo eco maternal) paseo por el terminal de buses. Es una edificación nueva, en toda su extensión las empresas de transporte gritan sus destinos y sus horarios. Es casi un mercado, pienso, cambio las palabras estridentes por otras más estridentes, imagino que ofrecen frutas y verduras a precios ridículos. Luego vuelvo en sí, reclamo mi equipaje y paseo por el pasillo. Trato de no pisar las líneas negras que separan las lozetas. Mi mochila me lo impide, vuelvo al piso una y otra vez con movimientos torpes que anulan mi juego. Intento buscar un pasaje a Puno que no valga más de diez soles. Naturalmente, la búsqueda me costó más de una regateada, lo encontré y le ofrecí viajar mañana a primera hora. Me pregunto cuánto tiempo pasaré en Arequipa, hago una llamada. Los teléfonos verdiazules de la Telefónica me recuerdan demasiado Lima y el cuidado con las monedas. Es la tercera vez que vuelvo a marcar el número de Max, ¿por qué no me contesta? ¿Estará dormido? ¿Habrá regresado a Lima? ¿No quiere contestar a nadie? ¿Estará drogado o con la resaca de haberse drogado toda la noche? Después de intentar seis veces tomo un taxi al centro de la ciudad. Ya no me pregunto a dónde ir, sólo caminaré por las avejentadas calles de piedra y cal. La ciudad blanca, llena de granito y residuos volcánicos. Pienso en el Misti, quisiera que explote por un momento sólo para conocer la lava. Vuelvo en sí. Prendo un pito de marihuana cuando bajo del taxi, muchas gracias maestro, hasta luego.
He caminado catorce cuadras buscando un lugar dónde pasar la noche. Recuerdo que estoy en la sierra, concluyo que las caminatas siempre serán agotadoras. Piedra sobre piedra, el piso debe estar gélido, por eso ningún vagabundo duerme en la calle. Antes de volver a prender el pito, veo seis ojos inquietantes que se acercan. Seguro han seguido el rastro que dejé catorce cuadras abajo. Pasan a mi lado, sospecho que los tres son extranjeros, la chica que los acompaña es hermosa, motivo suficiente para hacer una pausa. Hey, una pregunta, algún hostal barato y cómodo por aquí. En sus sonrisas y miradas distinguí que estaban esperando que les diga algo. La francesa, segundos después me enteré que venía de París, era hermosa y me miró desde las zapatillas sucias y maltrechas hasta el cabello, también sucio y maltrecho. No, huey, nosotros estamos en otro que está cerca del terminal, nos cuesta veinte soles la noche, cuate. Evidentemente eran dos mexicanos y una parisina, no me pregunté el cómo ni el porqué, sólo les invité un poco de mi marihuana y conversamos tres minutos más. La parisina no fumó, no obstante fue cortés al decirme que no. Yo y los mexicanos fumamos casi todo el huiro en esos tres minutos. Nos despedimos haciendo promesas de vernos por la noche. Yo seguía jodido, no tenía lugar donde dejar la mochila, me destrozaban los hombros y sentía cómo el sudor corría por mi espalda como si fuera el pero día de verano en una ciudad costera. Yo vengo de allí, de Lima, les dije después de que me comentaron su siguiente destino. Nos despedimos nuevamente, y no recuerdo con claridad el rostro de la francesa. Divisé dos estrellas en un cartel sucio y descuidado. Pensé que me iba a costar barato, así que accedí a visitar la habitación.
El chino (perdóneme si es japonés) me ofreció la habitación a veinticinco soles. Las sandalias azules de plástico contribuían al caldo de cultivo de los hongos que le pelaban los pies. Habían manchas sanguinolentas consecuencia del escozor interminable. Los domingos, seguramente, se dedicaba a hacerse heridas desde los dedos meñiques hasta los talones. Imaginé ver pus, pero debe ser la marihuana. El cuarto que me mostró no superaba los cuatro metros cuadrados, y cada esquina era nido de las más mortíferas arañas del Misti. Veía los hilos que colgaban de lado a lado, sólo vi cuatro. La cama era un escombro de paja, los puntos incandescentes que saltaban de un lado a otro eran las pulgas que reclamaban soberanía sobre su territorio. Hubo un segundo de silencio, es cierto, buscaba la manera de mandar a la mierda al chino japonés que quería robarme veinticinco soles. Yo soy un tipo cauto y demasiado comprometido con la vergüenza ajena. Le permití aceptar mi invitación a dar una vuelta por ahí en búsqueda de algo mejor, una afirmación que le permitía a él imaginar que no iba a encontrar algo mejor, que sólo mi necedad me motivaba a seguir caminando por las calles frías de la ciudad blanca y conformarme en regresar con las arañas, pulgas y hongos que sangraban veinticinco soles de mi bolsillo. Me fui, como a todos nos puede ser obvio, y seguí caminando.
Cómo llegué al Inka Roots es precipitable: cansado y odiando el peso en la espalda, como si el yugo de todos los cristianos arequipeños me empujara contra el piso. No escatimé en el precio, incluso veintiocho soles creo que es barato para la habitación que me rentaron. Una amplia 15x15 con dos catres y un baño. En uno descansó mi mochila, en el otro yo y todos mis personales.
A las seis de la tarde registré esto:
Deben ser las seis de la tarde y todavía no me he cansado de caminar. He conocido a dos putas arequipeñas. Rosa y Mary. La esquina de Independencia y Trabada está llena de prostitutas, pero todas inofensivas. Voy a seguir caminando, ya terminé de tomar dos cervezas.
Jueves
No sé por qué me resulta tan cómodo este bus. Ya estoy camino a Puno, tomé el turno de las siete de la mañana para llegar al último sur peruano a la una de la tarde. Aún siento el rezago de los seis cubas libres me tomé en el Yesterday. Muchas gringas, todas enajenadas y comprometidas con el frenesí del baile y el sudor. Dormiré hasta llegar al lago Titicaca, es la primera vez que lo veré. Pienso en la poesía de Baudalaire que leí durante este tramo. El descaro de su verso me vertieron en una entrañable emoción, como si desde un profundo pozo de fango se fraguase la salida de la libertad, absolutamente desnuda, deseable, brutalmente bella. De su cuerpo terminarían de deslizarse los últimos restos de lodo del que estaba saturada. Le hago el amor, y soy esclavo de ella.
Puno
Por fin puedo sentarme y tener segundos de vida contemplativa. Estoy frente al lago Titicaca, al lado de la terminal de buses. Después de conseguir el pasaje a Copacabana -la historia fue rápida: se me acercaron inmediatamente a ofrecerme un pasaje y yo accedí porque era el último y el más barato- noté que habían muchos turistas. Es la frontera prácticamente, el nexo entre Cusco y todos los visitantes que llegan desde el sur. Es cierto, el lago a casi cuatro mil metros de altura tiene un efecto oceánico. El horizonte es la misma línea azul que separa el mar y el cielo. El sol exponía verticalmente todos sus rayos y se reflejaba en el lago sosegado, casi inerte. Recuerdo el Mar Muerto, sólo su nombre porque nunca lo he conocido. Atrás quedó Arequipa y la perspectiva lejana del Misti. Dentro de unos minutos voy tomar el transporte que cruzará la frontera. Me pregunto por el cambio de hora, por la línea imaginaria que se extiende en el lugar donde cambiaré de país. ¿Sentiré que atravieso ese halo fronterizo o simplemente abandonaré cualquier espectativa minutos después de llegar?
Luego de cerrar la libreta de tapa dura y bajo el deseo de no perder mi pasaje a la primera frontera que cruzaré, observé que estaba rodeado de argentinos. Argentinos y argentinas. Desde la ventana veo ese mar muerto que trasladé desde el lejano mundo israleita. Me siento raro, esta vez de la manera más pura experimentable. El bus viene viajando ya dos horas y nos han dicho en inglés (el inglés más trabado de bolivianos que había escuchado en mi vida) y en boliviano que alistemos nuestros documentos, que pronto llegaremos a la frontera. Por un momento me aturdo y me desconcierto al perder el sentido de ubicación. Miles de voces discutían en sus lenguas. Escuchaba una y otra vez la palabra frontera, y siempre tenía un sentido distinto. Cierro los ojos y me olvido del instante, exhalo. Luego veo que todos están bajando del bus. Tomé mis cosas y los seguí. Mi paso fue firme, luego me despedí con reverencia de Puno. No obstante tuve un minuto de catarsis, veo el arco que personifica al intercambio fronterizo. Entonces, camino y la vía está cuesta arriba. Bolivia está en ascenso, es lo que concluyo de toda esa publicidad política que percibo a la distancia.
Bolivia
Las albúferas de medio mundo

La última vez que vi a Piolín fue en una playa del norte chico del Perú. De los años de secundaria recuerdo que sorteaba la posibilidad de ser escritor, hacer la carrera de literatura en San Marcos y tener una vida lumpen. En el invierno de ese año ya había prestado su pluma para el boletín escolar y representó a la promoción 2002 con un discurso de fin de año. Emocionó a algunos profesores y a algunas adolescentes que lo veían como el futuro y último congresista que luchara por la injusticia desde su escaño parlamentario. Algunos decían que pensó estudiar derecho en la Católica. Yo lo perdí de vista unos años, luego planificamos hacer un viaje. Terminaría filosofía en San Marcos este año, verá, jefe, le dije, a veces uno no cumple el plan. Yo quería estudiar Ingienería, jefe, ¿se imagina? No. ¿En qué playa del norte dices que lo viste finalmente? Mire, jefe, le explico, Piolín y yo no teníamos un plan específico que realizar en esos pocos días de acedía de Semana Santa. La última vez que viajamos juntos fue cuando terminamos la secundaria. Visitamos Cusco con todos los compañeros del colegio, en medio de una trifulca de hormonas y ansias por hacer todo lo que no se hace en Lima y todo lo que no se hace por no saber cómo hacerlo. En esa época Piolín tenía pelo, se jactaba de tener en su letanía a todas las hembritas del colegio y, por supuesto, las pretensiones de hacer de Cusco su primer semillero interprovincial. Yo más bien era un chiquillo tranquilo y con dieciséis años conflictuados encima. Demás está admitir que de seguro Piolín logró sus pretensiones, que yo me emborraché todas las noches en todos los lugares y con todos los que estuvieron conmigo. Profe, usted sabe por qué le dicen el chino mocho, recuerdo haber balbuceado en medio de un espasmo etílico. Evidentemente me había entregado al frenesí de la juerga, estaba el ombligo del mundo, me repetía una y otra vez al compás de los tequilas y machu picchus que servían en la barra. El profesor se rió, me mentó la madre entre dientes y me mandó a dormir. Nunca más volvimos a conversar del tema. El chino mocho aún sigue trabajando en el colegio. ¿Alguién más le habrá preguntado por el enigma de acertado apodo?

El jueves por la mañana llamé a Piolín para decirle que ya estaba yendo a su casa. Mi pajarezco amigo no contestaba las llamadas pese a que habíamos acordado encontrarnos al medio día, hacer las compras pertinentes y salir en búsqueda de una ruta. ¿Estás seguro que con cien lucas la hacemos, huevón? Yo voy a llevar las cien exactito, me dijo retándome el díia anterior. Yo le había lanzado una cifra tentadora para hacer el viaje. A mí no se me ocurría que tendríamos que gastar más de cien soles en un fin de semana de cuatro días. Además, íbamos a comprar una carpa (que a decir verdad yo estaba encargado de llevar, pero que no conseguí), llevaba conmigo una olla y fruta. Al medio día llegué con mi mochila a la casa de Piolín. Le había prometido que llevaría a mi prima que acababa de llegar de Estados Unidos. Está riquísima, cojudo, no sabes, lástima que sea mi prima y que mi prima crea en eso de los primos, le dije alentándolo. Mi prima no fue, no me llamó para acordar y creo que el antiplan que teníamos la desanimaría. Cuando llegué solo a su casa, Piolín había preparado mil detalles para impresionarla. Yo pensaba ser un buen anfitrión, cabrón, cómo no la trajiste, me lo dijo sorprendido desde el balcón. Salimos después de media hora.
Nos tomamos un micro que nos llevó por rutas que antes no conocíamos. El fin era llegar a la Panamericana Norte, al menos sabíamos hacia qué lado del mundo dirigirnos. Nos tomamos cuatro botellas de cerveza durante el tramo de San Isidro a Puente Piedra. Le pedimos al cobrador que nos avisase el lugar indicado donde podríamos tomar algún camión que vaya hacia el norte. El tipo nos habló amablemente hasta que vio las botellas de cerveza vacías que escondíamos con los brazos. A la hora y media de reírnos, vaciar las botellas y preguntarle incisivamente al cobrador sobre el paradero que nos había prometido, éste nos invitó (para nada cortés) a bajar en medio de la carretera. A una cuadra había una estación de servicio donde un par de camiones cargaban gasolina para el viaje que les esperaba. Antes de visitarlos, Piolín y yo fumamos un porro. Afinamos la garganta y nos acercamos al primero. No dudé en avisorar al conductor, tenía los brazos enormes y descoloridos, el cabello desordenado, como si habría regresado de días en la playa, las manos con manchas de grasa y conversaba con el surtidor de gasolina. Me acerqué. Buenas, le dije, le podría hacer una pregunta, no quisiera molestarlo pero. Vi sus ojos verdes que se encendían advirtiendo que no sería una persona muy amable. Intensifiqué la formalidad de mis palabras. Piolín estaba atrás, contemplaba con una mirada virginal todo el suceso. Buenas, maestro (vaya formalismo), quisiera preguntarle si usted va hacia el norte, no sé si podría jalarnos, estamos un poco cortos de dinero y tenemos que llegar a algún lugar. ¿A algún lugar? Me preguntó con una voz ronca, parecía que en vez de pasar días en la playa había pasado días bebiendo aguardiente en algún antro norteño. Sí, bueno, hasta donde podamos llegar, ¿no? Me reí sutilmente. Después de pocos segundos de reflexión, el camionero me explicó que llevaban carga y que le prohibían llevar pasajeros extra en la cabina. No insistí, le agradecí cortésmente y le pregunté en dónde podría encontrar a otros compañeros suyos. Me recomendó otra estación de servicio, a pocas cuadras de donde estábamos. Nos despedimos y el nos hizo un gesto con la mano en la frente, pensamos que alguna vez fue militar y nos fuimos de allí.
Al rato Piolín y yo estábamos cagándonos de risa caminando por la carretera. Pasaban muchos autos, muchos buses y algunos camiones. Sabíamos que allí no podríamos tirar dedo porque era un lugar aún demasiado urbano. La opción que teníamos era consultar nuevamente en otra estación de servicio; sin embargo no la encontrábamos. Finalmente llegamos a un súper mercado, recordamos las compras que teníamos que hacer. Así que compramos la carpa que incluía seis botellas de cerveza, también agregamos otra botella de cerveza, cigarrillos, papel higiénico, un cuchillo (un cuchillo de cocina) y las pastillas antialérgicas de Piolín. Salimos bebiendo la cerveza, amarramos la carpa a la mochila de piolín y guardé el cuchillo en mi bolsillo. Piolín pidió permiso para ir al baño y polverarse la nariz, permiso concedido y volvimos a salir. Yo no me polveo la nariz, me resulta indiferente que Piolín lo haga. En un semáforo intentamos subir a un camión, el camionero nos hizo un gesto gracioso con las manos, algo así como un "váyanse a la mierda, vagos", pero emulando la frase con los dedos. Caminamos unas cuantas cuadras más tomando la cerveza que poco a poco iba calentándose. Yo tenía en mis planes, planes que Piolín tarde o temprano iba a enterarse, caminar hasta encontrar otra estación de servicio, otro camionero a quien preguntarle y por fin salir de Lima para llegar a donde sea. Noté que Piolín tenía en sus planes tomar el transporte que sea cuanto antes porque la herida que tenía en el pie lo estaba matando. Semanas atrás había visitado la playa junto con otros amigos y amigas. En un afán de lucir su espíritu aún joven, se lanzó de un peñasco para caer en otro, que estaba bajo el mar y que él no vio. El resultado fue un sinnúmero de heridas en el pie y la espalda. La consecuencia era una fístula putrefacta que lo hacía cojear. Así que no dudamos en estirar los brazos hacia la carretera. Pensamos que si un bus nos llevaba a Huacho por diez soles subíamos y nos reventábamos ya en la otra ciudad. El fin era salir de Lima.
Efectivamente pasó un bus y nos llevó por doce soles. Quisimos regatear, pero por poco y nos deja. Estábamos borrachos y la marihuana ya había cumplido con todos sus efectos. Nos sentamos en uno de los rincones del bus, al lado de una señora que cargaba a un bebé bonito, pero apestoso. Dimos nuestros datos y el dinero, coqueteé con la terramoza. No me dio bola y por poco no acepta le dinero de los pasajes. Felizmente luego se lo tomó a bien y nos lanzó una miradita picaresca. Tuvimos la certeza de que nuestro periplo estaba comenzando bien.
Llegamos a Huacho en la noche, yo moría por orinar y encontré un baño bastante sucio. Oriné en todo lo que se puede llamar water y en todo lo que debió llamarse water. Salí con las sandalias empapadas en no sé qué tipo de sustancia (el orden de los factores sí alteró el producto) y volví donde Piolín. Le dije que teníamos que ir a Hornillos, admito que antes pensé que la playa se llamaba Tornillos, a acampar y luego ver dónde estaba la juerga. Paseamos un buen rato por la ciudad, recordé mis años lozanos en esa tierra, cuando viajaba con mi familia a pasar el fin de semana. De noche era exactamente igual, habitaba más gente, pero las calles tenían la misma impresión poco pintoresca de una ciudad porteña. Llegamos a la plaza, inmediatamente se nos acercaron a vender drogas. No las necesitábamos. Preguntamos por una licorería para ponernos al día. Así fue como nos enteramos que nuestro destino estaba en las albúferas de medio mundo. Ahí está el movimiento, chino, ahí hay festival pe, nos dijo el tío después de vendernos seis botellas de cerveza. No sabíamos cómo llegar a las albúferas, le dije a Piolín que yo las había visitado tiempo atrás y que no tenía un buen recuerdo de ese balneario. Dudamos si ir o no, si no hubiese sido por un último referente (un joven huachano que nos aseguró la mejor juerga de nuestras vidas) nunca habríamos llegado. Tomamos un taxi hacia la playa, nunca se nos pasó por la mente que un camionero amable nos lleve gratis y, además, estábamos ansiosos por conocer lo mejor de nuestras vidas.
En el taxi viajamos Piolín, yo y un niño. El niño era el hermano del conductor, acaso el sobrino incluso hasta su hijo. El conductor adroctinaba al pequeño para enfrentarse a las viscitudes de la vida: tener más de una mujer en más de un lugar, saber cobrar de más y de menos, tomar lo ajeno cuando el ajeno no se de cuenta y tomar lo propio siempre y en todos los casos. Piolín y yo alimentábamos las enseñanzas sarcásticamente, agregando casos concretos en los que él, ya cuando crezca, deba aplicar el dogma de su padre, tío o lo que fuera.
Llegamos a las albúferas, de lejos veía un estrado enorme con luces y un sonido estridente y repetitivo que golpeaba mis entrañas. Nunca había ido a un rave, ¿sería esta la mejor juerga de mi puta existencia? Me pregunté y le pregunté a Piolín cuando pisamos la arena de la playa.
Luego, jefe, los eventos concatenantes tuvieron un giro repentino. Ubicamos la carpa cerca de las orillas del mar.